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el silencio



Nos cuesta aceptar el silencio porque solemos interpretarlo como una pausa, cuando muchas veces es una decisión. Esperamos un mensaje, una explicación, un gesto que nos devuelva la tranquilidad, y acabamos invirtiendo una enorme cantidad de energía intentando obtener respuestas de quien ya está respondiendo con su ausencia.
No todas las personas tienen la valentía de decir que no quieren seguir, que no pueden implicarse o que no están dispuestas a construir el vínculo. Algunas simplemente dejan de estar. Y aunque esa forma de actuar pueda resultar confusa o dolorosa, también comunica.
Insistir una y otra vez no suele cambiar el interés de alguien. Lo que sí puede cambiar es la forma en la que empiezas a tratarte a ti mismo: normalizando perseguir, justificar, esperar y conformarte con migajas de atención.
Aceptar un silencio no significa que estés de acuerdo con él ni que no te duela. Significa entender que tu dignidad no debería depender de conseguir una respuesta de quien ha decidido no darla.
A veces, la mayor muestra de amor propio consiste en dejar de buscar explicaciones donde los hechos ya han hablado por sí solos. Porque hay puertas que no se cierran con una conversación, sino con la decisión de dejar de llamar donde hace tiempo dejaron de abrir

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