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Hay una frase que, con el tiempo, entendí que era completamente cierta: el narcisista casi nunca está solo. Y no porque tenga una gran capacidad para amar, sino porque no soporta el silencio que deja el vacío que lleva dentro.
Cuando una relación termina, mientras la otra persona intenta comprender qué pasó, llora, se culpa y trata de reconstruirse, el narcisista ya está pensando en su siguiente movimiento. Siempre tiene un plan. Si no es una expareja a la que vuelve a escribir con cualquier excusa para comprobar que aún tiene poder sobre ella, será una nueva víctima a la que ya le está vendiendo una versión cuidadosamente inventada de sí mismo.
Sabe exactamente qué decir. Se presenta como alguien sensible, incomprendido, generoso y lleno de buenas intenciones. Cuenta historias donde siempre fue él quien sufrió, donde todos lo traicionaron y donde nunca tuvo responsabilidad en el fracaso de sus relaciones. Y quien llega nuevo a su vida, sin conocer la verdad, termina creyendo que ha encontrado a una persona maravillosa.
Pero detrás de esa máscara no hay amor. Hay necesidad. Necesidad de atención, de admiración, de validación y, sobre todo, de control. Porque el narcisista no sabe convivir con su propio vacío. Estar solo significaría enfrentarse a todo aquello que lleva años evitando: sus carencias, sus inseguridades y la falta de una identidad construida desde el amor propio.
Por eso salta de una persona a otra con una facilidad que desconcierta. No porque haya superado la relación anterior, sino porque necesita reemplazar la fuente de atención que perdió. Las personas no son compañeros de vida para él; son recursos emocionales que utiliza mientras le sirven. Cuando dejan de hacerlo, las cambia sin mirar atrás... o vuelve a buscarlas si cree que todavía puede manipularlas.
Y mientras quien amó de verdad sigue intentando sanar las heridas que dejó la relación, él ya está repitiendo el mismo patrón con alguien más. Las mismas promesas, las mismas palabras bonitas, los mismos gestos que un día parecieron únicos. Cambian los nombres, pero la historia siempre es la misma.
Lo más triste es que muchos confunden esa rapidez para empezar otra relación con fortaleza o con haber pasado página. Pero no es amor lo que lo mueve, es el miedo. Miedo a quedarse sin quien alimente su ego. Miedo a quedarse a solas con una realidad que no soporta. Porque el mayor enemigo de un narcisista no es perder a una persona... es quedarse sin nadie que sostenga la imagen que ha creado de sí mismo.
En cambio, quien decide sanar de verdad elige un camino mucho más difícil: atravesar el dolor, aceptar las heridas, aprender de ellas y reconstruirse desde el amor propio. Ese camino duele, pero libera.
El narcisista puede tener siempre a alguien a su lado, pero seguirá arrastrando el mismo vacío. Porque el problema nunca fue quedarse sin una pareja. El problema es que, por mucho que cambie de víctima, jamás podrá escapar de sí mismo.
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